Keiko Fujimori ha recorrido costa, sierra y selva de Perú ataviada con la camiseta blanca y roja de la selección de fútbol, buscando un respaldo que tres veces le ha sido esquivo para poder convertirse en la primera mujer presidenta del país. La hija mayor del encarcelado ex mandatario Alberto Fujimori estuvo a punto de conseguirlo en 2016, cuando perdió por apenas un 0,24% de los votos, y muchos desahuciaron su futuro político luego de ser arrestada para ser investigada por corrupción.
La candidata derechista no solo enfrenta al socialista Pedro Castillo, quien encabeza las encuestas, sino también la pesada carga que representa su apellido y una errática actuación política como líder del partido conservador Fuerza Popular.
Pese a todo no renuncia a la firmeza que ha caracterizado a la dinastía política que ha sobrevivido las últimas tres décadas. “Mano dura no es dictadura. Es una democracia firme para tomar las decisiones necesarias para volver a rescatar al país. En una palabra lo que yo ofrezco es una ‘demodura’”, dijo la candidata en uno de sus mensajes por Twitter de campaña.
Keiko tiene una acusación fiscal de “lavado de activos y organización criminal” por recibir presuntamente 1,2 millón de dólares de la constructora brasileña Odebrecht para su campaña electoral del 2011, cuando postuló por primera vez, cargos que ella ha rechazado. “El problema de Keiko son las mochilas que carga, una es del padre y otra es de ella misma”, dijo el analista político Fernando Tuesta sobre el perfil de la candidata de 46 años. El ex mandatario Fujimori cumple una condena de 25 años de prisión por ser “autor mediato” de la matanza de 25 personas a manos de un comando militar que actuó en las sombras, durante su mandato entre 1990 y el 2000, contra los insurgentes de Sendero Luminoso que buscaban tomar el poder a través de las armas.
En esos años, Keiko se estrenó en política como primera dama del país con sólo 19 años, tras el divorcio de sus padres, y luego estudió administración de empresas en la Universidad de Boston. En 2006, la primogénita de los Fujimori ganó un asiento al Congreso tras obtener la mayor cantidad de votos en la historia para una aspirante al Parlamento. Para esta campaña, ha tratado de desprenderse de la sombra de su pasado. Se ha disculpado varias veces por los “errores políticos” de su padre, pero ha exaltado su política social, que ahora ella trata de emular con sus mensajes.
También ha ofrecido gobernar con “decisión política y mano dura” para salir de la crisis económica y de la pandemia del coronavirus; y se ha declarado enemiga del “comunismo”, una etiqueta que le cuelga a su rival de izquierda Castillo.
Perú tiene una relación de amor y odio con la herencia “fujimorista”. Para muchos el ex mandatario Fujimori derrotó a los insurgentes y sentó las bases de un fuerte crecimiento económico, mientras que otros lo ven como un hombre autoritario que cerró el Congreso en 1992 para arrogarse poderes. “Hay que marcar la ‘K’ (de Keiko) nos guste o no, porque es la única forma de no caer en el comunismo por nuestro futuro”, afirmó Paola Bozo, en apoyo a la candidata.